Hace unos años era más raro ver a un hombre -aunque fuera joven y de izquierdas- llamarse a sí mismo feminista, que a Rajoy haciendo declaraciones sin un plasma de por medio. Pero los tiempos cambian, y a veces, y sin que sirva de precedente, para mejor.
Hoy en día empieza a no verse bien mostrarse abiertamente en contra de la igualdad de la mujer y por eso – pasando por alto greatests hits del cuñadismo como “ni machismo ni feminismo”-, el machista, sujeto obcecado por definición, ha encontrado un nicho maravillosamente perverso que emana del término “feminazi”.
Para ser justos, y ciñéndonos a lo estrictamente propagandístico, el término es todo un acierto en el sentido que permite no tener que desarrollar argumentos complejos –el machista además de obcecado suele ser más básico que el hidróxido de hierro-, algo imprescindible en la corriente filosófica cuñadil del siglo XXI.
No voy a dar la chapa sobre el origen del término y el personaje que lo acuñó, porque creo que ya se ha hablado bastante del tema, y el que no lo sepa que lo busque, que la fibra está barata; pero solo por ello ya debería cuanto menos presentar dudas y reparos sobre su utilización. Ahora bien, más allá del término en sí, vayamos al fondo y por qué su uso y abuso considero que es, paradójicamente, algo de lo que los/las feministas deberíamos alegrarnos… o no.
Si hace unos años, con la maravillosa llegada a nuestras vidas de las redes sociales, veíamos burradas de cualquier calibre, ahora vemos en los mismos foros a los mismos autores en situaciones, cuanto menos, dignas de análisis. Sin ir más lejos, ayer mismo pude ver como un machista como Dios y España mandan, colgar una foto de 1936 de manifestaciones feministas del batallón Rosa Luxemburgo – si no sabéis qué es o quién fue Rosa y por qué éste llevaba su nombre, preguntad a José María Google, y si no tenéis internet tampoco me estáis leyendo a mi, o sea que no jodáis la marrana -. (Sonido de disco rayado) ¿Cómo? ¿Hemos conseguido hacer volver del lado oscuro a un machista confeso, de derechas de toda la vida y que defienda el feminismo como el que más? Sí… bueno… no corramos tanto.
La foto la compartía acompañada de un texto (ah, el texto, siempre el texto…). Decía así: “Cuando las feministas luchaban y no insultaban por Facebook”. Obviamente, este asimétrico haiku postmoderno propició una apasionante ristra de reflexiones que dejarían en ridículo al mismísimo Chomsky –en los artículos de opinión es importante citar a menudo nombres extranjeros para que parezca que has leído algo más que las condiciones de uso de la última app que instalaste. Yo me los suelo inventar. Si acaba en “sky” siempre funciona -.
Las inefables reflexiones comenzaban con un buen uso y abuso del término que hoy nos ocupa, instando a las feministas “de verdad” –el día que se establezca el reparto de carnets como disciplina olímpica nos llevamos el oro de calle – a defender al mundo frente a esas feministas radicales, que son las que “hacen daño al –de nuevo- feminismo de verdad”. Intentando aguantar la carcajada al escuchar a australopitecos de esa magnitud defendiendo, aunque sea de manera hipócrita, el concepto de feminismo, sentí que era algo que ya debería de algún modo congratularnos. Porque no nos engañemos, no está hecha la miel para la boca del asno y que gente que tiene más cerca defender a La Manada que sus dos neuronas use una foto de batallones feministas republicanos es lo máximo que se puede conseguir de ellos.
Pero antes de albriciarnos onanístitico-metafóricamente… un par de detalles. En el hilo siguiente a este post de «denuncia», el término “feminazi” se veía sustituido en ocasiones por “feminista radical”, lo cual, siempre dentro del contexto, también es para congratularse. Y sobretodo, para analizarlo. No seré yo quien diga que no pueda existir algún/a feminista que se pueda pasar de frenada, ya que por estadística siempre hay alguien que se suma a un movimiento sin tener claros conceptos básicos como dónde tiene la mano izquierda y la derecha y pueden pasar estas cosas. Ahora bien, seguramente, poca importancia pueda tener esto. Y es más, a veces en todo movimiento de reivindicación de derechos puede venir bien una corriente un poco más “radical”, siempre que tenga por sana costumbre el uso del cerebro.
Sin embargo, el término “radical” está todavía más de moda que el de “feminazi”, y es algo que también merece su análisis –porque lo digo yo-. La radicalidad de una idea o persona que la defiende se suele medir desde la perspectiva del individuo que defiende la contraria. Por ejemplo: para Eduardo Inda, que el pobre es más ultra que un traje de legionario hecho con los pelos del pecho de Bertín Osborne, un socialdemócrata se convierte fácilmente en un peligroso comunista radical anti-español golpista filoetarra.
Lo cual nos lleva al punto al que quería yo llegar y sorprendentemente solo me ha costado 10 parrafitos de nada. Que los machistas de toda la vida se vean incómodos y tengan que retorcer sus vastos argumentos hasta el punto que se sorprendan a sí mismos haciendo una defensa del “feminismo moderado” frente al “radical” cuando hace cuatro días pregonaban a los cuatro vientos sus falacias heteropatriarcales –no digo que estas no lo sean-, resulta, como mínimo, una pequeña victoria. Pero lo más importante es que han perdido el control sobre el término que ellos mismos orgullosamente instauraron. Ahora ya se ve a todas luces que cuando alguien utiliza la palabra “feminazi” es porque, desde su punto de vista, el feminismo es algo radical. Y según el silogismo anteriormente mencionado, ellos mismos se están mostrando ante el mundo como machistas con el simple hecho de utilizarlo. Y teniendo en cuenta que ellos no quieren parecer machistas ante el resto del mundo porque hasta ellos saben que no está bien visto, poco a poco dejarán de usarlo. Os puede parecer muy optimista, pero en este mismo paradigmático hilo del que hemos hablado se veía como el mismo término se iba diluyendo pasando a “hembrista”, dejando de usarse y pasando a “feminista radical” para luego dejar de usarlo y alegar perlas como “mi madre es muy feminista” o “creo en la igualdad”. El mismo titular ya hablaba de “feministas” y no de “feminazis”, como mandaría el canon cuñadil. Ya nadie les creía, obviamente, pero el argumento se desmontó solo por la simple fuerza centrípeta de sus propios términos. Y es que no debemos subestimar el poder de las palabras. Especialmente de las que nosotros mismos pronunciamos.
