Siempre me ha sorprendido la capacidad que tiene este país de revestir de glamour cultural los eventos más superficiales de su historia. En esta época de post-modernidad -palabra intrínsecamente vacía- , de influencers que te animan a tirar cosas, de gurús del pensamiento mágico penedejo, de Dulceidas y Vaquerizos y de inefables señores con barba, pajarita y converse -que 15 años antes vestidos así no habrían entrado ni en los pasajes de Argüelles-, se nos plantea la maravillosa revolución tecnológica. Jamás he visto tal capacidad de desaprovechar unas herramientas objetivamente tan maravillosas como las de hoy en día en cosas tan absolutamente triviales y vacías de todo contenido.
¿Cómo hemos llegado a este punto? Sería absurdo pensar que un solo fenómeno ha provocado esta… ¿evolución? (creo que Darwin no estaría de acuerdo con esta acepción). Pero lo que me llama la atención recientemente es que aún hay algún pureta -¿decir pureta se puede considerar ya de pureta?- que clama a los tiempos mejores de los maravillosos 80, aquella fantástica época de apertura, libertad, transgresión y talento que aquí tuvo a bien llamarse en un acierto nomenclador «La Movida».
Por supuesto. La Movida era una época mejor. No había reguetón, la gente disfrutaba de la vida, había arte por doquier… Bien… Ese mantra de lo maravillosa que fue La Movida lo hemos escuchado casi tanto como lo ejemplar que fue nuestra transición, esa que se estudia en todas las universidades del mundo como ejemplo -SPOILER: No, no se estudia como ejemplo en ninguna universidad. Al mundo no le importa una mierda España. Asúmelo-. Puede parecer un poco pretencioso que yo, casi millenial, venga a hacer una disertación sobre La Movida. Por supuesto que lo es. Suerte que tenemos gente de 380 años que nos ha hablado de la Revolución Francesa, que sino no sabríamos nada sobre ella.
La defensa de que La Movida fue un momento cultural -y contra-cultural- revolucionario se basa, como he comentado antes, en los parámetros de la creatividad, la apertura y la libertad. Empecemos por la creatividad. La Movida, fue principalmente -aunque no solo- un movimiento musical, así que para analizar su creatividad en este ámbito nos debemos basar en su música. Que me perdonen los nostálgicos, pero la música que se hizo en España en esa época fue, salvo honrosas excepciones que hubieran salido igual independientemente del movimiento, como pueden ser Radio Futura o Gabinete Caligari, lo que se conoce coloquialmente como «una mierda pinchada en un palo». Derribos Arias sería un exponente de esa «creatividad». Un grupo de cuatro tíos que no sabían apenas tocar su instrumento, que no fueron capaces de tocar dos veces la misma canción sin cambiar algo porque iban demasiado puestos para acordarse, que no sabían de qué narices iban sus letras… Alguno me dirá que los Sex Pistols tampoco eran precisamente John Petrucci ni Mark Knopfler. Por supuesto. Se puede ser músico tocando 4 acordes y sin tener buena voz. La diferencia es que los Sex Pistols salían al escenario y rompían con todo, su cantante no era Freddy Mercury, pero lo que cantaba estaba más o menos en tono y no te dolían los oídos al escucharlo. Tampoco se quedaban parados frente al micro con la mirada perdida o mirándose los zapatos. Y sobretodo, los Sex Pistols se cagaban en la reina y en el establishment británico y toda su flema, mientras que los españolitos se limitaban a invitar a aprender alemán en 7 días. Invito a que veáis cualquier vídeo en youtube de ambos para que veáis que solo pensar que puede haber la más mínima cercanía entre ellos es para echarse al suelo de la risa.
Y ese es precisamente el tema: nada de lo que decían todos los «transgresores» de La Movida tenía nada de transgresor. Llamaba la atención a veces por lo absurdo y a veces porque veníamos de una dictadura y nos parecían transgresores hasta los semáforos con sonido. Pero vayamos al grupo que se ha considerado el estandarte de la época. Hablemos, por favor, de Mecano. Mecano se vestían de forma estrafaliaria, tenían una puesta en escena al menos mejor que la Derribos Arias (tampoco tiene mucho mérito), y hasta me atrevería a decir que sabían algo de música. Ahora bien, y fijaros en lo que voy a decir: hay más talento en un single de La Oreja de Van Gogh que en toda la discografía de Mecano. Y sí, he escogido La Oreja de Van Gogh porque son, aunque no lo parezca, su sustituto natural, una vez pasó de moda vestirse raro -que era lo que querían-.
La música de Mecano no tenía la más remota pizca de originalidad. Ni su sonido ni sus estructuras ni nada de lo que hacían era para nada distinto a nada que se hubiera hecho antes y mejor -eso sí, fuera de España-. Pero si por algo destacaban Mecano por encima de otros -peyorativamente, claro- era por su lírica. Esas rimas que recuerdo con 4 años escuchar de un cassette de mi prima y que ya me provocaban cierto rubor. Cómo olvidar joyas del cutrismo poético como «Hawai, Bombay son dos paraísos que a veces yo me monto en mi piso», «No hay marcha en Nueva York y los jamones son de York», «Este cementerio no es cualquier cosa, pues las lápidas son de color rosa» o mi preferida: «Roban y matan a Mario Postigo, mientras su esposa es testigo…» ¡¡¡Sí!!! Usan un apellido rebuscado para que rime con la otra palabra. ¡¡¡Genios!!! Si esto no es una explosión de creatividad que baje Dios y lo vea. Vergüenzas ajenas aparte, una vez más, ni pizca de crítica, de riesgo, de profundidad, de reflexión… de algo.
Y es que de eso va precisamente. No puedes pretender que La Movida fue un movimiento transgresor contra-cultural cuando no dices nada que invite a la reflexión. La estética es importante, sí. Marilyn Manson triunfó gracias a ella, pero tras su cara blanca, sus disfraces andróginos y sus lentillas siniestras, echaba por tierra a Dios, a USA y al establishment. En España lo más cerca que estuvimos de tener un Parental Advisory fue con el «Sacatumi» de Almodóvar y McNamara.
No me quiero extender mucho en el resto de referentes de la época, pero sí citarlos y observar al menos su evolución: Alaska, otra más a la lista de cantantes que no sabían cantar, que también supuestamente era súper original y lo único que hacía era vestirse exactamente igual que Siouxie de los Banshees. Actualmente, votante confesa del PP -que vote a quien quiera, pero que no me diga que es contra-cultural-, y comparsa de su marido Mario hasta el punto de haber sido eclipsado por este. Un sujeto que reivindica el cantar en playback y que cada vez que habla hace un homenaje a la inclutura y a la frivolidad.
Loquillo, copia estética de cualquier Mod que pasara por la calle, con una famosa letra que era una oda al maltrato, y que ahora hace anuncios para el Banco Sabadell mientras celebra que metan en la cárcel a músicos por decir cosas que él, tan contra-cultural que es, nunca se atrevió a decir -en parte porque tampoco lo pensaba-.
Ramoncín.
Mientras en España los referentes de la Movida eran estos, en el Reino Unido triunfaban Bowie, The Cure, The Smiths… Sí, las comparaciones son odiosas. Para unos más odiosas que para otros.
Apertura y libertad: Es cierto que en lo formal, había mucha libertad. Cualquiera se podía subir a un escenario y sonar en la radio, aunque no tuviera el más mínimo talento, como ya hemos comentado antes. Y podía hablar de sexo o incluso de drogas. Y podía hacerlo en la presencia de las buenas gentes de la política madrileña, como Tierno Galván, el alcalde molón, o incluso Felipe González. Porque las drogas, señores míos, no escandalizaban a la «izquierda guay». Las drogas están bien, porque aturden, porque mientras vas hasta arriba no tienes ganas de combatir el sistema, de cuestionar el establishment o de preocuparte por si están quitándote derechos. Y como la sociedad lo ve como tabú y tus padres te dicen que es malo, te puedes sentir un anti-sistema gracias a una herramienta del sistema. En la misma época hubo otra movida, esta sí contra-cultural, en el País Vasco: lo que se dio a conocer como rock radical vasco, que sí tenía riesgo y a veces hasta talento, con bandas como Kortatu o Barricada al frente; y fue ignorada por las buenas gentes socialistas, los medios de comunicación y la gente guay del momento. Porque eso no molaba. Eso eran «movidas chungas, colega. Vamos a ver a Alaska, que la tía es super transgresora. Mira que pelo y que pintaojos. Y pásame el pico».
Otro de los ejemplos que se suele utilizar para apelar a la enorme libertad que se gozaba en España en la época movidera era la gran visibilidad de los homosexuales. Y sí, los gays (habitualmente varones, eso sí), fueron uno de los símbolos de La Movida. Porque como ya he dicho, en lo formal, La Movida fue transgresora. Lapiz de labios, hombreras, tacones hasta el Anapurna, plataformas, pintura blanca, pelucas, laca, lentejuelas… Casi diría que lo transgresor en esa época era llevar una camiseta blanca y unos vaqueros con deportivas. Y ahí los gays, casi siempre varones (lo había dicho ya? ejem…), eran imprescindibles. Y estaban casi obligados a ser los reyes de la fiesta. Tenían que ser los más extravagantes, los más excesivos, los más «locas». Y a las buenas gentes socialistas les encantaban. Anda que no se hacían fotos con ellos. Con los que iban así, muy exagerados -y casi siempre varones-, porque con los que eran gays pero no llevaban plataformas ni rimel hasta las patillas… ¿para qué?
Dejando a un lado las ironías, que no quiero dar la impresión de que pienso lo contrario de lo que realmente pienso: me parece genial que un homosexual (hembra o varón) vista como quiera. Me encanta que muchos de ellos vistan de forma extravagante, con maquillaje, tacones, etc. Me encantan las drag, lo queer. Todo. Además tengo una debilidad por los looks que se salen de lo común, por la gente que se atreve a ir más allá con la estética. No en vano mi ídolo es Robert Smith -ese sí que tenía talento-.
Lo que critico es que en esa época la única visibilidad que se le dio a la homosexualidad fue esa. Nos hinchamos de ver ese tipo de exhibición de la homosexualidad y eso está bien. Pero esos gays solo estaban en el ámbito del espectáculo. No se alzó la voz para decir en ningún momento que también se podía ser gay y vestir camiseta y vaqueros, que se podía ser gay y trabajar en una frutería, en una pizzería, en un ministerio o en la redacción de un periódico. No se aceptó que incluso se podía ser gay sin pluma o mucho menos lesbiana con vestido de escote y tacones. Y eso, para mi, no es que una sociedad salga del armario. Es abrir un ratito el armario como si fuera un escaparate para que la «gente de bien» disfrute, diga lo graciosos que son como si fueran monos en un zoo, para luego cerrarlo e irse a misa contentos de los tolerantes y abiertos que han sido.
Y eso fue, en mi petulante opinión -que yo de modesto no tengo nada-, La Movida. Una simple herramienta para aquello que se dice de «cambiarlo todo para que no cambie nada». Porque la forma era tan despampanante, glamurosa y repleta de fuegos artificiales, que no nos dimos cuenta de que no había fondo. Y de esos barros, estos lodos: 40 años después de la muerte del dictador seguimos con una democracia de mínimos, con gente sentándose en banquillos por twits, chistes y expresiones culturales o políticas por un lado; y por otro influencers con fotos de pies y Coelhos haciéndote creer que solo con desearlo mucho puedes conseguir lo que quieras, aunque tengas menos talento para ello que Derribos Arias para la música. En medio la plebe jugando su papel de follower y algunos imitando a influencers y gurús con más pena que gloria, pero gracias a ello sintiéndose un poco por encima. Y mientras, la fama y el dinero para los tontos listos y la rutina y el conformismo para otros. En fin… me voy a escuchar Pictures of You, que de todos lo vacíos, el que más me gusta es el existencial. Y si es con la voz de Robert Smith, mucho mejor.
